La magia de la Navidad
Hacia años que no había entrado a la iglesia, desde que murió mi madre. Recuerdo que en aquel momento un niño pequeño, al salir el cura, dijo: "¿Va a hacer magia?".He mirado los cristos y vírgenes colgadas de las paredes... En verdad, parecía mágico.
El hombre desnudo con los brazos en cruz me mirada desde arriba. Su cuerpo de piedra parecia quererme. Esa mirada.
Ya hacía rato que había dejado de escuchar a Juan, el cura que me dio mi primera comunión.
Mis ojos se desvían a Cristo en la cruz... Y pienso en las mazmorras que he visitado y me río por dentro de la similitud.
Jesús está bueno.
Miro a la virgen de en frente... Demasiada ropa, demasiado pálida, demasiado pura...
El altar se erige magestuoso a pesar de la pequeñez de la iglesia que lo alberga. Tres santos, tres demonios a sus pies... ¿Y por qué yo estoy a los pies de mis demonios?
Me reconpongo cuando la misa está a punto de terminar. He notado un susurro en mi nuca, un aire de olor a sangre y rosas...
Juan dice las palabras mágicas y todo el mundo sale de la iglesia. Me quedo mirando el retablo y a Juan. El se ha dado cuenta de mi presencia y me espera. ¡Hace tanto tiempo! Le sonrío y levanto mi mano. Hasta ahora no me he dado cuenta de todos los años que han pasado. Las arrugas en sus ojos cortonean ese brillo que aún sigue después de lustros. Me dirijo al altar, decidida, para desearle feliz navidad. Sus arrugas cada vez se perfilan más.
• Juan, ¿Te acuerdas de mí?
• Ana... Te recuerdo, claro.
A sus 70 años seguía dando misas de vez en cuando tras 25 años de misiones por Sudamérica y África. Sus arrugas eran tan bellas... Empecé a querer besarle, igual que a los 20 años. El me miró con ojos cansados y ese brillo que había olvidado.
-Estás igual de bella que entonces- dijo- ¿Me cuentas qué has hecho estos años?
Tras él llegué a la sacristía y tras él se disparaban miles de años...
No pude evitar besarle en los labios. El se sorprendió.
-Soy viejo, Ana.
-Eres Juan- dije yo.
Su saliva me inundaba como ningún río recién nacido. Su piel se deshacía en mis manos, esa piel fina, sus manos surcadas por venas azules y salpicadas de manchas marrones. No se por qué le deseé como nunca. Es difícil de explicar el deseo hacia un hombre denominado anciano. Su boca era tan tierna y sus pasos frágiles... Le busqué entre las túnicas y su polla estaba intacta y olía a mares.
-No me prives de mi última vez, por favor- le dije.
Su polla en mi boca creció, le oí gemir cual adolescente y pareció nacer con el sol entrando desde la ventana. Juro que creí ver cómo se iluminaba y levitaba prendido a mi boca. Después de verterse enmudeció y evitó mi mirada. Yo le besé recreándose en esa boca de pliegues de miel y alas. Jamás un beso hizo tanta magia.